El pleno de hoy ha sido un poco extraño.
No he acabado gritando, ni roja, ni desaforada.
Tampoco me he sentido rea en proceso inquisitorial alguno.
Me he sentido escuchada, y respetada.
A plenos así da gusto ir.
Pero, que conste, hay todavía que cambiar muchas cosas. Por ejemplo: el uso indebido de la palabra de los dos pesos pesados de la corporación, que no dejan hablar a nadie. Y, para lo que dicen... Parlotean, parlotean y parlotean, sin llegar a sitio alguno. Y esto, de verdad, señores, aburre hasta a las piedras. ¿No se dan cuenta, señor primer edil y señor ex-homólogo, no se dan cuenta, amigos míos, de que así no se cambia nada, ni se trabaja por el bien de nadie, ni se da una imagen respetable de once personas que deberían devanarse los sesos para intentar encontrar soluciones, con unión y espíritu de trabajo. a los problemas que nos atenazan? Así no. Por ahí no. Ésa es la senda equivocada, y además es un camino que está ya muy trillado. Abandonémoslo.
He perdido una tarde entera, una tarde entera, escuchando que que si "la deuda la he heredado yo, pero la han creado ustedes" (Francisco Sierras a Alfonso García), que si "usted es un vendedor de humo" (Alfonso García a Francisco Sierras), que si, que si, que si...Que sí, que sí, que es una lástima, porque han llegado los idus de marzo y aquí no se ha avanzado ni un milímetro en la dirección correcta.
Qué razón tuvo uno de los asistentes, ciudadano ejemplar, en llamarnos la razón a sus representantes en el ayuntamiento. Lo cierto es que tenemos tanto que aprender, unos y otros, y unos de otros, los que estamos llamados a gobernar este bendito pueblo, que habrá que ir sacando, como buenos alumnos, papel y lápiz para ir tomando nota de lo que nos enseña el mejor alcalde que ha tenido la democracia: el pueblo soberano, el pueblo.
Bienvenidos al blog del Grupo Democrático Unido Abdalajís, sitio creado por el partido independiente de Valle de Abdalajís. Llevados por la ilusión y el deseo de trabajar para mejorar nuestro pueblo, estamos convencidos de que las nuevas tecnologías constituyen una herramienta básica para la comunicación entre los ciudadanos y los gestores públicos. Por ello, esperamos vuestras peticiones y sugerencias, que estaremos encantados de atender en la medida de nuestras posibilidades.
Mostrando entradas con la etiqueta ARTÍCULOS DE FONDO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ARTÍCULOS DE FONDO. Mostrar todas las entradas
miércoles, 7 de marzo de 2012
domingo, 22 de enero de 2012
VERGÜENZA
Sobre mi persona recaigan exclusivamente las responsabilidades que derivarse puedan de la publicación de este artículo
Por Paqui Castillo Martín
Porque los animales matan cuando tienen hambre, para satisfacer su apetito de bestias inclusas irremediablemente en el ciclo vital de la depredación.
Porque sólo el hombre mata por placer.
Porque la Justicia es ciega, pero a veces también sorda.
Pues no ha escuchado a los padres de Marta, ni a su tío, ni a su abuelo.
Ni al pueblo español.
Un pueblo que clama a voz en grito por una condena proporcional a la magnitud del crimen cometido.
Y que ve cómo su reclamo es ignorado.
Si no hay cuerpo, no hay delito. Con esa consigna, en este cauto estado de Derecho, legalista, formalista y garantista, todos somos iguales ante sus normas.
Víctimas y verdugos.
Veinte años para Miguel, el asesino de Marta, de los que apenas cumplirá, con las sucesivas reducciones y revisiones, siete u ocho años. A lo sumo.
Y estará en la calle antes de que las arrugas consuman su rostro, y de que las canas blanqueen sus sienes.
Y podrá hacer su vida.
Celebrar sus cumpleaños.
Celebrar sus cumpleaños.
Casarse.
Ver crecer a sus vástagos.
(Comprenderá, quizás, al fin, el dolor de esos padres
si algún día algo o alguien causara el más mínimo sufrimiento a sus hijos).
Llegar a viejo.
Morir en su cama, rodeado de sus seres queridos.
Mientras, una familia pena y llora, la familia de Marta.
Mientras, no se cierran las heridas de los corazones que esta muerte ha dejado rotos.
Mientras, no hay para ellos una noche de descanso.
Mientras, el cuerpo de un precioso ángel se halla oculto y silencioso, esperando ser encontrado.
Mientras, el Cuco y el Samuel se hacen famosos y se pasean como grandes estrellas de cine, después de haber engañado arteramente a todo un país.
Mientras, el hermano y la cuñada de Carcaño quedan absueltos.
Mientras, España se desgañita estupefacta.
Mientras, el mundo entero se pregunta, ¿por qué?
Pero la Justicia, ciega y sorda, ni ve, ni entiende, ni escucha...
martes, 20 de diciembre de 2011
UN PLENO CALENTITO
Un artículo de Paqui Castillo Martín
El pleno del pasado día 14 de diciembre, a pesar del frío reinante, fue calentito, calentito.
El señor Alcalde tuvo a bien elevar a pleno nuestro pliego de preguntas y ruegos, y a trancas y barrancas, porque los señores munícipes me interrumpieron todo el tiempo, pude, al fin, preguntar todas las preguntas y rogar todos los ruegos. Digo a trancas y barrancas porque cuando llegaba a la pregunta número siete, relativa al turismo en nuestro bienamado pueblo, alcalde y ex-alcalde se enzarzaron en una discusión que en un reality hubiera sido muy jugosa y hubiera subido como espuma de baño, sin duda alguna, las cuotas de audiencia. Mientras tanto, yo, con mi pliego pasado por registro y tenida a bien por su señoría su llevada a debate plenario, miraba boquiabierta y ojiespantada a los dos pesos pesados de la política vallestera deshacerse en halagos y mimos. Vamos, que se daban el aguabuche con piquitos y todo.
El ambiente, como digo, estaba caldeado. Más de una hora se consumió en echar culpas y reproches recíprocos que volaban sobre las cabezas de los presentes como pájaros de mal agüero. Y la deuda, la enorme deuda que corroe las entrañas de este ayuntamiento tan entrañable, era la causa belli . Los dos combatientes, con los rostros enrojecidos por el enojo y el emblema de la ofensa al adversario como escudo defensivo, parecían caballeros que cual Orlandos furiosos sin piedad se lanzaban al cuello del enemigo. A degüello. La deuda, la que ahoga nuestros corazones y no les deja respirar. La deuda que asciende ya a más de tres millones de euros. La deuda que emponzoña el alma y embota los cuerpos, impidiendo a las cabezas más sesudas pensar con claridad. Pobrecitos los políticos del pueblo, que corren el riesgo de no cobrar este mes, ni el que viene. Sí, hay una deuda tan grande que es posible que nos quedemos sin ayuntamiento, y eso sería el fin del mundo...
Como ya saben, el anterior de los párrafos se ha escrito desde la atalaya de la ironía. Porque les puedo decir que no es para tanto. Estoy sentada en el despacho de GDUA, en mis horas de atención a la ciudadanía -que no termina, sin embargo, de animarse a venir a contarme sus cuitas- y funcionan todos los servicios y suministros básicos: teléfono, luz, internet. En cuanto a nóminas, no sé, pues la mía es una nómina fantasma, porque pertenezco al sindicato de los Servidores de la Ciudadanía por Amor al Arte. Sí, no es para tanto, porque incluso en el peor de los casos, que sería el hundimiento, al estilo de la Casa Usher, de nuestro querido ayuntamiento, no ocurriría absolutamente nada. ¿Dónde se reunía el pueblo en los albores de la Historia para celebrar sus asambleas? En el ágora. Una plaza pública, abierta, con buena acústica y escaños en los pórticos. Nuestra polis vallestera no es mucho más pequeña que muchas de las ciudades-estado de la antigua Grecia y, a diferencia del período clásico, todos los habitantes somos ciudadanos a carta cabal.
Espero, sin embargo, que el edificio constituyente no se desmorone, porque sería el símbolo de la ruina de nuestra ya larga convivencia cívica a través de la institución de los munícipes. Pero si el cadáver político se descompone, quedará todavía el espíritu de un pueblo imaginativo, y a este espíritu es a lo que tendremos que apelar en los malos tiempos. ¿Que no hay dinero? Pues imaginemos, inventemos, creemos, construyamos, ideemos. Con mucho menos se fundaron reinos e imperios. Sólo es necesario un impulso, una ilusión colectiva.
Yo quiero colocar la primera piedra del nuevo edificio. ¿Quién me ayuda?
El pleno del pasado día 14 de diciembre, a pesar del frío reinante, fue calentito, calentito.
El señor Alcalde tuvo a bien elevar a pleno nuestro pliego de preguntas y ruegos, y a trancas y barrancas, porque los señores munícipes me interrumpieron todo el tiempo, pude, al fin, preguntar todas las preguntas y rogar todos los ruegos. Digo a trancas y barrancas porque cuando llegaba a la pregunta número siete, relativa al turismo en nuestro bienamado pueblo, alcalde y ex-alcalde se enzarzaron en una discusión que en un reality hubiera sido muy jugosa y hubiera subido como espuma de baño, sin duda alguna, las cuotas de audiencia. Mientras tanto, yo, con mi pliego pasado por registro y tenida a bien por su señoría su llevada a debate plenario, miraba boquiabierta y ojiespantada a los dos pesos pesados de la política vallestera deshacerse en halagos y mimos. Vamos, que se daban el aguabuche con piquitos y todo.
El ambiente, como digo, estaba caldeado. Más de una hora se consumió en echar culpas y reproches recíprocos que volaban sobre las cabezas de los presentes como pájaros de mal agüero. Y la deuda, la enorme deuda que corroe las entrañas de este ayuntamiento tan entrañable, era la causa belli . Los dos combatientes, con los rostros enrojecidos por el enojo y el emblema de la ofensa al adversario como escudo defensivo, parecían caballeros que cual Orlandos furiosos sin piedad se lanzaban al cuello del enemigo. A degüello. La deuda, la que ahoga nuestros corazones y no les deja respirar. La deuda que asciende ya a más de tres millones de euros. La deuda que emponzoña el alma y embota los cuerpos, impidiendo a las cabezas más sesudas pensar con claridad. Pobrecitos los políticos del pueblo, que corren el riesgo de no cobrar este mes, ni el que viene. Sí, hay una deuda tan grande que es posible que nos quedemos sin ayuntamiento, y eso sería el fin del mundo...
Como ya saben, el anterior de los párrafos se ha escrito desde la atalaya de la ironía. Porque les puedo decir que no es para tanto. Estoy sentada en el despacho de GDUA, en mis horas de atención a la ciudadanía -que no termina, sin embargo, de animarse a venir a contarme sus cuitas- y funcionan todos los servicios y suministros básicos: teléfono, luz, internet. En cuanto a nóminas, no sé, pues la mía es una nómina fantasma, porque pertenezco al sindicato de los Servidores de la Ciudadanía por Amor al Arte. Sí, no es para tanto, porque incluso en el peor de los casos, que sería el hundimiento, al estilo de la Casa Usher, de nuestro querido ayuntamiento, no ocurriría absolutamente nada. ¿Dónde se reunía el pueblo en los albores de la Historia para celebrar sus asambleas? En el ágora. Una plaza pública, abierta, con buena acústica y escaños en los pórticos. Nuestra polis vallestera no es mucho más pequeña que muchas de las ciudades-estado de la antigua Grecia y, a diferencia del período clásico, todos los habitantes somos ciudadanos a carta cabal.
Espero, sin embargo, que el edificio constituyente no se desmorone, porque sería el símbolo de la ruina de nuestra ya larga convivencia cívica a través de la institución de los munícipes. Pero si el cadáver político se descompone, quedará todavía el espíritu de un pueblo imaginativo, y a este espíritu es a lo que tendremos que apelar en los malos tiempos. ¿Que no hay dinero? Pues imaginemos, inventemos, creemos, construyamos, ideemos. Con mucho menos se fundaron reinos e imperios. Sólo es necesario un impulso, una ilusión colectiva.
Yo quiero colocar la primera piedra del nuevo edificio. ¿Quién me ayuda?
NADA NUEVO BAJO EL SOL (IRONÍAS DE UNA ENTROMETIDA EN LA POLÍTICA VALLESTERA)
Muchas cosas han pasado desde el 22 de mayo. Tanto ha cambiado el panorama, que parece ser el mismo de siempre, y que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo primero que hice al asumir mi derrota en las elecciones municipales fue pedir una cita con el señor alcalde para ponerme a su disposición y ayudar a la recién elegida corporación en todo lo que fuese necesario. No pedí nada a cambio, ni sueldo, ni horario, ni despacho. Nada. Por el puro amor al arte de hacer política, que a mi entender significa contribuir a mejorar la situación de los ciudadanos, entre ellos yo misma. La respuesta fue un “gracias, pero nos bastamos muy bien solos”. Perfecto, pensé yo. No hay nada nuevo bajo el sol. Y, mientras iba colándose, despacioso y ladino, el verano por nuestros balcones, se me ocurrió hacer, en nombre de mi grupo, una petición: tener un horario, bien que parco, entendiendo que no nos toca gobernar, para atender a la ciudadanía. La respuesta fue un “no sabe, no contesta”. Meridiano, y de Greenwich, pensé yo. No. No hay nada nuevo bajo el sol. Luego, en medio del tórrido julio, la Plataforma Pro carretera me invitó, en calidad de portavoz de mi grupo, a una reunión en la Casa de la Cultura, a las 8 de la tarde, en pleno domingo, cuando hasta las ranas del arroyo están haciendo la siesta. Los congregados, que eran los mismos de siempre, querían saber en qué estado se encontraba el proyecto de ejecución de las obras. Estuvimos esperando más de una hora al señor alcalde, que resulta que no sabía que era el invitado de honor. Un problema de comunicación. Y luego vino el señor teniente alcalde, conciliador. Los ánimos se caldeaban bajo un sol de justicia bajo el que no sucedía, obvio es decirlo, nada nuevo.
Bajo el sol no ocurre nada nuevo. El calor veraniego de todos los años, la feria, las esperadas actuaciones de los artistas de turno, baile y fiesta, pan y circo. No hay futuro aquí para mí. En mi tierra, con mi gente, entre los míos. En el lugar donde descansan mis muertos. Donde persiste, indeleble, la memoria de mi padre en el corazón de quienes le quisieron. Me he comprometido cuatro años a estar aquí, pero mañana quién sabe dónde estaré, adónde me llevarán mis sueños personales, mis íntimas ambiciones. Pero nunca dejaré de pensar en mi pueblo, de preocuparme por mi pueblo, de amar a mi pueblo. Y, mientras me quede una gota de savia vallestera en las venas, aquí están mi voz y mi palabra, que son mi arma y mi escudo protector. No me quiero ir. Todavía no. Porque me queda muy poco tiempo de estar en el Valle, y porque me he acostumbrado a vivir entre los míos, a dar los buenos días a las personas mayores por las mañanas, a remontar la cuesta de la finca Santamaría con mi bici de montaña, a beber del agua del manantial artificial por la que tanto luchamos hace unos años. Sí, me queda poco. Ya mis huesos van notando, con los años, el dolor de la separación. Tengo la maleta en la puerta. Como siempre, desde que el mundo es mundo, los soñadores hemos de buscar un lugar bajo el sol en el que encajemos, donde sí se nos quiera porque somos comprendidos, donde no somos peces fuera de su pecera. Sí, soy soñadora, una alquimista del verbo, pero también una vallestera. Y me he puesto como meta, en cuatro años, cometer la locura de intentar cambiar la realidad, porque todavía soy una de las pocas afortunadas a las que la realidad no ha conseguido cambiar. Y lucharé. Con uñas y dientes. Contra los elementos, contra la lluvia, contra el vendaval. Y contra el sol. Cuatro años. Y, después, a volar, sintiendo que lo que dejo atrás es una tierra de la que puedo sentirme orgullosa. Que mi mensaje ha calado. Sólo así podré ser feliz del todo, dondequiera sea, quizás muy lejos. Bajo un sol de hielo, de fuego o de cenizas. Sintiendo, desde la distancia, que sus rayos han hecho brotar algo nuevo…
domingo, 18 de diciembre de 2011
CARTA A CAYETANO MARTINEZ DE IRUJO
Un artículo de Paqui Castillo Martín
En Andalucía somos tan trabajadores, constantes y hornados como en el resto de España.
Desde hace décadas venimos sosteniendo el crecimiento económico de nuestro país con las remesas de los que se vieron obligados a emigrar a otros lugares más prósperos.
Hacemos fructificar los campos, y nos sentamos a comer a la mesa con los alimentos ganados con el sudor de nuestra frente.
Parimos a nuestros hijos para que se conviertan en personas honestas, de las que nos sentimos tan orgullosos que no nos duelen prendas si por ellos tenemos que hacer dolorosos sacrificios.
Somos valientes, nobles, esforzados. Llevamos en la sangre el gen de la gallardía y no nos achantamos ante nada.
Hicimos las Américas, y hoy hacemos las Europas.
Algunos de nosotros somos abogados, periodistas, ecomistas, farmacéuticos, investigadores, escritores. Amamos la tierra que nos vio nacer y nos dio la oportunidad de progresar.
Y es gracias a nuestros hermanos de terruño, los que se quedaron para servir en los labrantíos, las huertas, los olivares, que usted puede llevar sin problemas su vida de señorito.
Así que, por favor, más respeto.
martes, 13 de diciembre de 2011
LA FABRICACIÓN DE MARIANO RAJOY
Un artículo de Paqui Castillo Martín
Sobre mi persona recaigan exclusivamente las responsabilidades
judiciales que derivarse puedan de la publicación de este artículo
No me he atrevido a poner las noticias. Miedo me da sólo apretar el mando. No quiero.
¿Será ésta la única manera de manterme ajena a la "ola del cambio"? Sí, así la llaman. Ola u oleada, que, para el caso, es lo mismo, si de tsunamis políticos se trata. Una ola de contagio...
¿Cambiar es volver a lo mismo de siempre? ¿Cambiar es reemplazar una ideología de centro-izquierda por otra de centro-derecha cada cuatro, ocho, doce años? ¿Eso es cambiar? Que vengan, y me lo digan.
No, no he querido ver la tele. Ni mirar en el Twitter, ni el Facebook, ni los debates virtuales de Blogger.
No. Y debo ser la única, a lo que parece. Porque en España no se habla de otra cosa. Cambio.
Sí, probablemente. Si entendemos por cambio que cambien algo las cosas para que nada cambie. Café para todos.
A mí me da miedo apretar el mando y escuchar a Rajoy. Temo por el futuro de España, en manos de un nuevo presidente con menos charme que el anterior. Un Aznar venido a menos, lo que ya es decir poco.
Es la era tecnológica, la era del predominio de la imagen, en la que los políticos se construyen en los gabinetes y se terminan de armar en los camerinos de maquillaje de las grandes cadenas multimedia. Decía Peter Burke que a Luis XIV, el rey Sol, se le fabricaba: peluca alta, capa de armiño y zapatos de tacón. Impresionante. Los súbditos le creían un dios que al contacto de su mano curaba la escrófula. Desde entonces hasta ahora, la creación de imagen ha crecido de modo imparable. Importan más las apariencias que las esencias, el continente que el contenido. O si no, al tiempo. Por si acaso, de advertencia sirva: un examen atento al discurso rajoiniano y sólo queda en dividendo una substancia muy pobre: atentos a la lectura entre líneas de su florida retórica. Porque, entre arrastre y arrastre de sílaba, en realidad está diciendo: el Estado soy yo y España...a tomar por saco.
Luego no digan que no les dije.
viernes, 18 de noviembre de 2011
ESPAÑA DUERME LA SIESTA MIENTRAS CAEN CHUZOS DE PUNTA
Un artículo de Paqui Castillo
Martín
Sobre mi persona recaigan exclusivamente las responsabilidades judiciales que derivarse puedan de la publicación de este artículo
Sobre mi persona recaigan exclusivamente las responsabilidades judiciales que derivarse puedan de la publicación de este artículo
Aquel cálido y largo verano de
2006, Marbella se convirtió en el punto de mira de un país perplejo que
apenas volvía de echar la siesta cuando el ex edil de la localidad
entraba en prisión acusado de diversos delitos de cohecho y malversación
de caudales públicos.
No obstante, Muñoz fue sólo uno de
los más de noventa imputados que, durante el tiempo que duró la
Operación Malaya, desfilaron ante el impasible juez Miguel Ángel Torres.
Cuando Muñoz fue detenido, Malaya
ya iba por su tercera fase, pero en el preciso momento en que el ex
regidor pisaba la cárcel de Alhaurín de la Torre, España entera despertó
bruscamente a una realidad mediatizada por la telebasura que alcanzaba
tintes de tragedia.
Desde entonces no ha pasado día en
que la corrupción inmobiliaria, el fraude al fisco y el cobro de dinero
bajo cuerda no hayan puesto en entredicho la supuesta honradez del
estamento político.
Félix de Azúa ha inventado un
nombre para un fenómeno si no nuevo, si más conocido ya por el español
medio como parte inmanente de su bagaje democrático: cleptocracia. Me
parece un término dolorosamente adecuado para una sociedad que, en los
tiempos que corren, se queda dormida mientras los guardianes de lo
público se llevan a Suiza la alcancía con los ahorros de los sufridos
contribuyentes.
Casi cada provincia del solar
hispano tiene más de un municipio con las caras del concejo en el álbum
de fotos de la Policía Nacional. Un vergonzoso recuerdo para la
posteridad que me hace pensar en nuestra historia reciente, cuando el
amiguismo caciquil funcionaba a las mil maravillas bajo la sacrosanta
cobija de aquel Régimen de funesta memoria. Intentando huir de aquellos
barros, hemos caído en estos lodos…
Hemos tenido tiempo suficiente para
ir madurando el ideal democrático del cuerpo político pero, al parecer,
algo ha fallado. Ese cuerpo necesita un chequeo urgente, una
exploración profunda, porque está enfermo, no de una nadería cualquiera,
sino del colosal raquitismo que no le ha dejado en pie, tras décadas de
sistemática succión de sus sistemas linfáticos, ni la médula de los
huesos.
Pobre
democracia joven, cuyas tímidas raíces han fructificado en un país
ladino y viejo. Las antiguas costumbres se han injertado fácilmente en
el delicado tallo, como un cáncer tuberoso. Creo que el mal ya no tiene
remedio. Ojalá me equivoque.
Porque mientras pienso en si tengo o
no tengo razón, nuestros dirigentes, ya sean del equipo azul, ya sean
del equipo rojo, montan el numerito sacándose unos a otros los colores.
En lugar de responsabilizarse de la situación y de enfrentarla con
vergüenza torera, unos y otros han iniciado un juego de tenis al que los
pobres ciudadanos asistimos sin comprender si el lance ha sido set
o falta. Cada nuevo escándalo urbanístico es motivo de
persecución de un partido hacia otro y viceversa. Si ya es un oprobio
que esta caza tenga como objetivo echar delitos tan graves en la cara
del adversario, más lo es que no se institucionalicen medidas para
frenar a los artistas del escamoteo.
La crisis. Parecía tan lejana… era
cosa de unos cuantos bancos que no tenían las cuentas muy claras. Decían
que venía de América, y como una potente gripe trasatlántica al final
nos acabamos contagiando de ella. Me entra la risa floja cuando los
políticos de uno u otro signo hacen llamamientos a la calma. Lo que
nuestros gobernantes quisieran es administrarnos una buena dosis de
Prozac con la que amodorrarnos frente al televisor de nuestros pisos
hipotecados, mientras tras los cristales caen chuzos de punta. Muy al
contrario, es tiempo de salir a la calle a manifestar nuestro
desconcierto, nuestro desconsuelo, nuestra desesperación, porque la
fiebre, para nuestra desgracia, nos sigue subiendo. Echemos mano de
hemeroteca, hagamos memoria histórica, ahora que está de moda, y
recordemos aquel nefasto Crack del 29: un primer golpe de tos que nos
advirtió que el capitalismo financiero había tocado techo. Aún así, con
él seguimos, revistiendo sus injusticias mundiales con políticas de
protección social típicas de un welfare state derrochón,
despreocupado y más insolidario cada día. No hay derecho.
Acabo mi diatriba donde la comencé,
en el antiguo reino feudal de Muñoz y Compañía. Tiene nuestro Sur un
parecido sospechoso con la costa siciliana, y no sólo por los bellos
paisajes agrestes de campo mediterráneo, de olivar y viñedo que hace
unos miles de años nos trajimos de Roma. Marbella es el destino favorito
de las mafias internacionales para invertir en lujo el deplorable
objeto de sus tráficos. ¿Copiaremos también de Italia su modelo de
justicia, que como apunta Félix de Azúa es uno de los más inseguros de
nuestro entorno? Bien parece que la actuación policial, con su rosario
de detenciones y operaciones con nombres altisonantes es sólo la
minúscula punta de un sombrío iceberg cuyos hielos se ramifican por
todas las aguas del planeta en contacto con tierra firme. España es el
paraíso del clandestino que trafica con armas y con almas mientras pasea
impunemente por Puerto Banús –pequeña Panormo– a lomos de un Ferrari
Testarrosa ultima edizione.
Mientras me gano un pasaporte al
infierno con estas denuncias, España, indolente, duerme la siesta. Es
evidente que no me he tomado aún la dosis de Prozac ministerial que para
mi edad y peso me recomendó el gobierno, y por eso todavía me queda
lucidez suficiente para apagar el televisor y ponerme a escribir lo que
ustedes están leyendo. Espero que no les haya hecho pensar demasiado:
provoca arrugas, náuseas y alguna que otra úlcera de duodeno, lo tengo
comprobado. Si notan alguno de estos síntomas, vuelvan a su sofá con el
arrullo del televisor de fondo de pantalla protector de estómagos. Y,
por favor, sigan durmiendo.
martes, 15 de noviembre de 2011
HE TENIDO UN SUEÑO
Por Paqui Castillo Martín
(la responsabilidad judicial por las opiniones aquí vertidas recaigan sobre mi persona exlusivamente)
He tenido un sueño. He soñado que paseaba por un pueblo limpio, tranquilo y seguro. Donde las calles lucían y en los parques los niños jugaban, sonrientes y felices. He soñado con flores en los balcones, con macetas en los arriates, con fachadas blancas que herían la vista. Un río de aguas cristalinas bajaba sierra abajo, tan puro que hasta el cielo sentía envidia. He soñado que todos los hombres y todas las mujeres se afanaban laboriosos en el campo, y que había cooperativas en las que se transformaban los productos agrícolas. He soñado con sinagogas y mezquitas, con zocos y barrios judíos, y con gentes de distintos credos y lenguas habitando en armonía. Miles de turistas, curiosos, no perdían oportunidad de fotografiar a tan felices habitantes de tan feliz predio. Allá arriba, en el cielo, las velas de los parapentes surcaban los aires. Un albergue hospitalario abría sus puertas a los pernoctadores; un libro de visitas dejaba la impronta de la firma de un viajero solitario. He soñado con las ruinas de Nescania, y que bajo ellas estaba enterrada la semilla de un orgullo capaz de hacer a sus descendientes libres. He soñado que había paz y esperanza, ilusión y dicha. Nunca una palabra se alzaba más que otra, ni nunca un vecino faltaba el respeto a otro en las asambleas públicas. Se escuchaban con gran interés las ideas de los demás y, aunque no se compartieran, se celebraba que los ciudadanos ejercieran el derecho a la palabra. He soñado que no existían corruptelas ni componendas, ni promesas electorales, ni mentiras, ni parches, ni favores, ni amiguismo, ni paños calientes, porque no había políticos. El pueblo había decidido que todos, grandes y chicos, participarían en los asuntos del vecindario, utilizando para ello su tiempo libre y sus recursos. He soñado y en la conciencia de que soñaba, soñé que quienes habían sido enemigos se daban la mano, y se abrazaban. Reinaba el alborozo: era un día de fiesta señalado, la Feria quizás, quizás Semana Santa, cualquier día del año probablemente, porque siempre había motivo para celebrar el estar vivo y el convivir bajo el mismo sol. Me miré al espejo y con sorpresa comprobé que de nuevo era una niña, que corría por la plaza y llegaba sin aliento al sillón de barbero donde mi padre me esperaba con los brazos abiertos, y sonreía. “Convierte en realidad tu sueño”, me dijo, antes de deshacerse su cuerpo como el humo entre mis manos.
Desperté, por desgracia, en este aquí, y en este ahora, amigos míos.
(la responsabilidad judicial por las opiniones aquí vertidas recaigan sobre mi persona exlusivamente)
He tenido un sueño. He soñado que paseaba por un pueblo limpio, tranquilo y seguro. Donde las calles lucían y en los parques los niños jugaban, sonrientes y felices. He soñado con flores en los balcones, con macetas en los arriates, con fachadas blancas que herían la vista. Un río de aguas cristalinas bajaba sierra abajo, tan puro que hasta el cielo sentía envidia. He soñado que todos los hombres y todas las mujeres se afanaban laboriosos en el campo, y que había cooperativas en las que se transformaban los productos agrícolas. He soñado con sinagogas y mezquitas, con zocos y barrios judíos, y con gentes de distintos credos y lenguas habitando en armonía. Miles de turistas, curiosos, no perdían oportunidad de fotografiar a tan felices habitantes de tan feliz predio. Allá arriba, en el cielo, las velas de los parapentes surcaban los aires. Un albergue hospitalario abría sus puertas a los pernoctadores; un libro de visitas dejaba la impronta de la firma de un viajero solitario. He soñado con las ruinas de Nescania, y que bajo ellas estaba enterrada la semilla de un orgullo capaz de hacer a sus descendientes libres. He soñado que había paz y esperanza, ilusión y dicha. Nunca una palabra se alzaba más que otra, ni nunca un vecino faltaba el respeto a otro en las asambleas públicas. Se escuchaban con gran interés las ideas de los demás y, aunque no se compartieran, se celebraba que los ciudadanos ejercieran el derecho a la palabra. He soñado que no existían corruptelas ni componendas, ni promesas electorales, ni mentiras, ni parches, ni favores, ni amiguismo, ni paños calientes, porque no había políticos. El pueblo había decidido que todos, grandes y chicos, participarían en los asuntos del vecindario, utilizando para ello su tiempo libre y sus recursos. He soñado y en la conciencia de que soñaba, soñé que quienes habían sido enemigos se daban la mano, y se abrazaban. Reinaba el alborozo: era un día de fiesta señalado, la Feria quizás, quizás Semana Santa, cualquier día del año probablemente, porque siempre había motivo para celebrar el estar vivo y el convivir bajo el mismo sol. Me miré al espejo y con sorpresa comprobé que de nuevo era una niña, que corría por la plaza y llegaba sin aliento al sillón de barbero donde mi padre me esperaba con los brazos abiertos, y sonreía. “Convierte en realidad tu sueño”, me dijo, antes de deshacerse su cuerpo como el humo entre mis manos.
Desperté, por desgracia, en este aquí, y en este ahora, amigos míos.
SÍSTOLE Y DIÁSTOLE (O EL REGRESO DEL FANTASMA DE MARIANO JOSÉ DE LARRA A UNA ESPAÑA CADAVÉRICA)
(la responsabilidad judicial por las opiniones aquí vertidas recaigan sobre mi persona exlusivamente)
Por Paqui Castillo Martín
Aquella fría mañana de febrero tomé una decisión trascendente. La noche anterior no había dormido. Pasé la tarde en un café, con la cabeza entre las manos, mientras la calle y sus gentes giraban en torno mío con la densidad de un demencial aquelarre. Sombras deformadas, labios murmuradores y esquinas vacías, gatos viejos, gritos desabridos y espejos turbios hacían trizas mis sentidos, pulverizando mi angustia y convirtiendo mis miedos en cenizas. Ya no me importaba mi ser, de tanto que dolía. Ya nada me importaba mi patria, de lo mucho que me ardía en la sangre la fiebre de la enfermedad de sus entrañas. Tras el insomnio, la madrugada, con su cantinela de centinela ebrio y, con ella, esa decisión calibrada y cerebral que habría de convertir mi vida en pequeños fragmentos de memoria rota.
Estaba cansado de predicar en el desierto. Parecía como si mi voz no encontrara eco, perdida entre los ruinosos pilares de una nación descreída y laxa, que se tumbaba a tomar el sol a las orillas del pestilente charco de fango en que reposaban los restos del naufragio de su marchita gloria. Yo le había entregado la inquebrantable fe de mi espíritu, el infatigable ejercicio de una conciencia lúcida. Había malgastado mi juventud primera buscando la quimera de su grandeza fabulosa y ella, la ingrata, la altanera, me había tratado con el desdén oprobioso de la mujer fatal cuyo beso complaciera y matara al mismo tiempo. Ah España, ramera hipócrita, me traicionaste al traicionarte. Al faltar a tu esencia, me fallaste, y como un niño desengañado dejé de quererte al contemplar tu verdadero rostro en sombras. Llorando, clamé por ti, y eras ida…
La mañana despertó desapacible. Madrid era una cuna de roca mecida salvajemente por el viento ultramontano. Nunca había pasado una velada insomne en soledad, y sentía extrañado un vacío en el pecho que era la premonición funesta de mi último día sobre la tierra. Encima de la mesa del gabinete dejé junto al papel secante, como una esquela, mi último artículo. Forcé las pesadas ventanas, cuyas gargantas metálicas al abrirse dejaron escapar un gemido sordo de goznes y tuercas, e imaginé a mi alma libre volando gozosa sobre los tejados de un Madrid que resplandecía y se difuminaba en el espesor de una lágrima. Ese fue mi último pensamiento.
Pero hoy estoy de vuelta. La tumba es un lugar demasiado estrecho para quien concibió tan vastos sueños de futuro para los vástagos de la ínclita España. Mi fantasma ha recorrido calles y plazas, se ha enseñoreado por campos y playas, ha planeado sobre extensiones de lagos, praderas y pinares, ha caminado oculto entre los transeúntes y los vehículos a motor y a veces, por curiosidad, se ha escondido en el corazón de los hombres el breve tiempo que transcurre entre sístole y diástole para comprobar si queda algo en ellos de lo que hacía latir el mío…
Este recorrido sentimental me ha servido para comprobar cuánto ha cambiado mi patria en sus formas externas, pero cuán poco ha dejado en el fondo de ser ella misma. Tras estos dos siglos de exilio corpóreo y destierro anímico, he visto cómo el país se ha urbanizado masivamente y ha crecido en exceso a costa de sus antiguas masas boscosas y sus ahora contaminados piélagos de aguas mansas. Hoy las ciudades son colmenas inmensas donde nadie parece conocerse a sí mismo, y aún mucho menos a sus congéneres. Las esforzadas obreras que habitan el panal urbanita trabajan a destajo sin saber muy bien con qué fines, y gozan del descanso estipulado por las leyes dentro de enormes recintos donde se come mal y rápido. A mi fantasma le duele que los niños, estos reputados reyezuelos del hogar moderno, estén rodeados de tanto invento eléctrico creador de universos virtuales, mientras el planeta, que debía ser la herencia patrimonial que recibieran de sus mayores, exuda el veneno viscoso de sus fábricas y de sus plantas de tratamiento a costa de sus cada vez más estrechas franjas de verdor. Mi Madrid ya no es el que recordaba: sus altos edificios no dejan ver las estrellas. La costa, antes prístino refugio de mi inspiración poética, es hoy un hervidero de construcciones de dudosa ilegalidad que no dejan ver los acantilados donde mi pensamiento jugaba a esparcirse entre redondeles de espuma. El norte, antes preciosa joya de fulgor esmeralda, luce sus ocres apagados por el hollín de las antiestéticas chimeneas de sus altos hornos. Por cuanto mi espíritu ha visto, esta lamentable dejadez se debe a una lacra con la que mi época también tuvo que convivir y que, al parecer, hoy se ha convertido en una verdadera pandemia. Hace doscientos años grité contra los responsables de este marasmo con todas las fuerzas de mis pulmones. Denuncié sus prácticas fraudulentas con todo el ímpetu de los moldes de la letra de imprenta. Les señalé con el dedo y dije, fulminante: “¡Ellos son!”. Pero la sociedad hizo caso omiso de mis diatribas, y aquí continúan, o mejor dicho, aquí continúan los hijos de los hijos de sus hijos. La genética les ha hecho portadores de la avaricia y la debilidad moral de sus ancestros. Ejercen sus cargos cual derecho de pernada en sillones que formalmente les otorgó una elección democrática, y desprecian la lección del pueblo soberano que les votó en las urnas. Sólo se representan a sí mismos. Son corruptos, malvados y revanchistas. Se guían por el instinto del odio. He contemplado a cientos de ellos recibir suculentas comisiones para recalificar terrenos vírgenes, cobrar porcentajes escandalosos por tramitar permisos, hacerse millonarios a cambio de convertir en negocio hostelero parques naturales que son por tradición histórica bienes inalienables cuyo único propietario es la humanidad.
Y mientras, las abejas obreras enfrentan la crisis derivada de la pésima e inmoderada gestión de los zánganos que les dirigen a fuerza de esperanza y de sonrisas, sin saber si mañana podrán seguir trayendo la miel a sus celdas, haciendo cuentas para comprobar si de sus exiguas nóminas estipuladas podrá quedar un resto para costearse sus hipotecas estipuladas, sus vacaciones estipuladas y ese segundo hijo promediado que también estipulan las estadísticas de fertilidad españolas.
El país necesita estímulos que yo no puedo darle, porque estoy muerto. Soy sólo un espectro que vaga sin sentido por una España sin norte. Pero quizás todavía sea posible un resquicio de esperanza. Esta mañana caminaba errante, sin ser visto de nadie. Una joven de aspecto serio ha cruzado rauda por el pasillo donde, sólo por un instante, nuestros destinos han coincidido. Parecía sensible y preocupada quizás por algo más que por sí misma. Sin pensarlo dos veces, me he acercado a ella y le he susurrado unas palabras. Un relámpago de luz súbita ha iluminado sus ojos oscuros. Siento, por fin, que ha comprendido lo que quiero que haga. Si lo consigue, volverá a oírse mi voz tétrica y fantasmal a través de la suya animada de suave vida. Porque entre la sístole y la diástole sólo hay una fracción de segundo, ese latido de su corazón me ha susurrado que si mi muerte fue en vano, mi vida tuvo algún sentido, a pesar de todo.
Aquella fría mañana de febrero tomé una decisión trascendente. La noche anterior no había dormido. Pasé la tarde en un café, con la cabeza entre las manos, mientras la calle y sus gentes giraban en torno mío con la densidad de un demencial aquelarre. Sombras deformadas, labios murmuradores y esquinas vacías, gatos viejos, gritos desabridos y espejos turbios hacían trizas mis sentidos, pulverizando mi angustia y convirtiendo mis miedos en cenizas. Ya no me importaba mi ser, de tanto que dolía. Ya nada me importaba mi patria, de lo mucho que me ardía en la sangre la fiebre de la enfermedad de sus entrañas. Tras el insomnio, la madrugada, con su cantinela de centinela ebrio y, con ella, esa decisión calibrada y cerebral que habría de convertir mi vida en pequeños fragmentos de memoria rota.
Estaba cansado de predicar en el desierto. Parecía como si mi voz no encontrara eco, perdida entre los ruinosos pilares de una nación descreída y laxa, que se tumbaba a tomar el sol a las orillas del pestilente charco de fango en que reposaban los restos del naufragio de su marchita gloria. Yo le había entregado la inquebrantable fe de mi espíritu, el infatigable ejercicio de una conciencia lúcida. Había malgastado mi juventud primera buscando la quimera de su grandeza fabulosa y ella, la ingrata, la altanera, me había tratado con el desdén oprobioso de la mujer fatal cuyo beso complaciera y matara al mismo tiempo. Ah España, ramera hipócrita, me traicionaste al traicionarte. Al faltar a tu esencia, me fallaste, y como un niño desengañado dejé de quererte al contemplar tu verdadero rostro en sombras. Llorando, clamé por ti, y eras ida…
La mañana despertó desapacible. Madrid era una cuna de roca mecida salvajemente por el viento ultramontano. Nunca había pasado una velada insomne en soledad, y sentía extrañado un vacío en el pecho que era la premonición funesta de mi último día sobre la tierra. Encima de la mesa del gabinete dejé junto al papel secante, como una esquela, mi último artículo. Forcé las pesadas ventanas, cuyas gargantas metálicas al abrirse dejaron escapar un gemido sordo de goznes y tuercas, e imaginé a mi alma libre volando gozosa sobre los tejados de un Madrid que resplandecía y se difuminaba en el espesor de una lágrima. Ese fue mi último pensamiento.
Pero hoy estoy de vuelta. La tumba es un lugar demasiado estrecho para quien concibió tan vastos sueños de futuro para los vástagos de la ínclita España. Mi fantasma ha recorrido calles y plazas, se ha enseñoreado por campos y playas, ha planeado sobre extensiones de lagos, praderas y pinares, ha caminado oculto entre los transeúntes y los vehículos a motor y a veces, por curiosidad, se ha escondido en el corazón de los hombres el breve tiempo que transcurre entre sístole y diástole para comprobar si queda algo en ellos de lo que hacía latir el mío…
Este recorrido sentimental me ha servido para comprobar cuánto ha cambiado mi patria en sus formas externas, pero cuán poco ha dejado en el fondo de ser ella misma. Tras estos dos siglos de exilio corpóreo y destierro anímico, he visto cómo el país se ha urbanizado masivamente y ha crecido en exceso a costa de sus antiguas masas boscosas y sus ahora contaminados piélagos de aguas mansas. Hoy las ciudades son colmenas inmensas donde nadie parece conocerse a sí mismo, y aún mucho menos a sus congéneres. Las esforzadas obreras que habitan el panal urbanita trabajan a destajo sin saber muy bien con qué fines, y gozan del descanso estipulado por las leyes dentro de enormes recintos donde se come mal y rápido. A mi fantasma le duele que los niños, estos reputados reyezuelos del hogar moderno, estén rodeados de tanto invento eléctrico creador de universos virtuales, mientras el planeta, que debía ser la herencia patrimonial que recibieran de sus mayores, exuda el veneno viscoso de sus fábricas y de sus plantas de tratamiento a costa de sus cada vez más estrechas franjas de verdor. Mi Madrid ya no es el que recordaba: sus altos edificios no dejan ver las estrellas. La costa, antes prístino refugio de mi inspiración poética, es hoy un hervidero de construcciones de dudosa ilegalidad que no dejan ver los acantilados donde mi pensamiento jugaba a esparcirse entre redondeles de espuma. El norte, antes preciosa joya de fulgor esmeralda, luce sus ocres apagados por el hollín de las antiestéticas chimeneas de sus altos hornos. Por cuanto mi espíritu ha visto, esta lamentable dejadez se debe a una lacra con la que mi época también tuvo que convivir y que, al parecer, hoy se ha convertido en una verdadera pandemia. Hace doscientos años grité contra los responsables de este marasmo con todas las fuerzas de mis pulmones. Denuncié sus prácticas fraudulentas con todo el ímpetu de los moldes de la letra de imprenta. Les señalé con el dedo y dije, fulminante: “¡Ellos son!”. Pero la sociedad hizo caso omiso de mis diatribas, y aquí continúan, o mejor dicho, aquí continúan los hijos de los hijos de sus hijos. La genética les ha hecho portadores de la avaricia y la debilidad moral de sus ancestros. Ejercen sus cargos cual derecho de pernada en sillones que formalmente les otorgó una elección democrática, y desprecian la lección del pueblo soberano que les votó en las urnas. Sólo se representan a sí mismos. Son corruptos, malvados y revanchistas. Se guían por el instinto del odio. He contemplado a cientos de ellos recibir suculentas comisiones para recalificar terrenos vírgenes, cobrar porcentajes escandalosos por tramitar permisos, hacerse millonarios a cambio de convertir en negocio hostelero parques naturales que son por tradición histórica bienes inalienables cuyo único propietario es la humanidad.
Y mientras, las abejas obreras enfrentan la crisis derivada de la pésima e inmoderada gestión de los zánganos que les dirigen a fuerza de esperanza y de sonrisas, sin saber si mañana podrán seguir trayendo la miel a sus celdas, haciendo cuentas para comprobar si de sus exiguas nóminas estipuladas podrá quedar un resto para costearse sus hipotecas estipuladas, sus vacaciones estipuladas y ese segundo hijo promediado que también estipulan las estadísticas de fertilidad españolas.
El país necesita estímulos que yo no puedo darle, porque estoy muerto. Soy sólo un espectro que vaga sin sentido por una España sin norte. Pero quizás todavía sea posible un resquicio de esperanza. Esta mañana caminaba errante, sin ser visto de nadie. Una joven de aspecto serio ha cruzado rauda por el pasillo donde, sólo por un instante, nuestros destinos han coincidido. Parecía sensible y preocupada quizás por algo más que por sí misma. Sin pensarlo dos veces, me he acercado a ella y le he susurrado unas palabras. Un relámpago de luz súbita ha iluminado sus ojos oscuros. Siento, por fin, que ha comprendido lo que quiero que haga. Si lo consigue, volverá a oírse mi voz tétrica y fantasmal a través de la suya animada de suave vida. Porque entre la sístole y la diástole sólo hay una fracción de segundo, ese latido de su corazón me ha susurrado que si mi muerte fue en vano, mi vida tuvo algún sentido, a pesar de todo.
20 N, ruega por nosotros, pecadores
Por Francisca Castillo Martín
(las opiniones aquí vertidas, y las posibles responsabilidades judiciales que en este artículo se contengan, sobre mí exclusivamente recaigan)
El 20 de noviembre se producirá, si dios no lo remedia, el relevo de nuestros políticos de turno. Esos políticos que han creado el actual clima de desconfianza y de desesperanza con el que hemos de untar el pan nuestro de todos los días. La llamada a las urnas se produce en un ambiente de descreimiento sin precedentes en la historia de nuestra joven democracia. Y no es para menos. Un PSOE bajo mínimos, que intenta a la desesperada salvar la cara, mientras se deshace en decretos y normativas de última hora para echar el freno al caballo desbocado de la crisis. Y un Partido Popular menos popular que nunca, grosero y altanero, soberbio y subido a la parra de los que están haciendo leña del árbol caído antes de que caiga.
Política. Qué gran palabra. Qué grandilocuente, que esplendorosa, que bellamente iracunda. Qué festiva. Pero ¡qué vacía, señores! Los gobernantes y los aspirantes al trono del pueblo soberano -escaño senatorial para más señas- se presentan al examen sin haber hecho los deberes, y con los apuntes cogidos con pinzas para tender sus trapos sucios. Que haberlos, haylos, como meigas dicen que hay en Galicia. Los socialistas acuden a la convocatoria de noviembre como repetidores y con un temario en el que faltan ideas renovadoras y sobran recortes en costes sociales. Los populares creen tener la lección muy bien aprendida, pero no reconocen que la diferencia entre el cinco raspado y la matrícula son la imaginación y la creatividad de la que su líder carece.
Por eso, ante las puertas de los colegios electorales, los dos grandes acudirán dándose grandes golpes en el pecho, y rogando a dios que les toque en suerte la pregunta que de refilón se miraron antes de entrar en el examen: cómo tener fe en una España desolada y no morir de pena en el intento.
(las opiniones aquí vertidas, y las posibles responsabilidades judiciales que en este artículo se contengan, sobre mí exclusivamente recaigan)
El 20 de noviembre se producirá, si dios no lo remedia, el relevo de nuestros políticos de turno. Esos políticos que han creado el actual clima de desconfianza y de desesperanza con el que hemos de untar el pan nuestro de todos los días. La llamada a las urnas se produce en un ambiente de descreimiento sin precedentes en la historia de nuestra joven democracia. Y no es para menos. Un PSOE bajo mínimos, que intenta a la desesperada salvar la cara, mientras se deshace en decretos y normativas de última hora para echar el freno al caballo desbocado de la crisis. Y un Partido Popular menos popular que nunca, grosero y altanero, soberbio y subido a la parra de los que están haciendo leña del árbol caído antes de que caiga.
Política. Qué gran palabra. Qué grandilocuente, que esplendorosa, que bellamente iracunda. Qué festiva. Pero ¡qué vacía, señores! Los gobernantes y los aspirantes al trono del pueblo soberano -escaño senatorial para más señas- se presentan al examen sin haber hecho los deberes, y con los apuntes cogidos con pinzas para tender sus trapos sucios. Que haberlos, haylos, como meigas dicen que hay en Galicia. Los socialistas acuden a la convocatoria de noviembre como repetidores y con un temario en el que faltan ideas renovadoras y sobran recortes en costes sociales. Los populares creen tener la lección muy bien aprendida, pero no reconocen que la diferencia entre el cinco raspado y la matrícula son la imaginación y la creatividad de la que su líder carece.
Por eso, ante las puertas de los colegios electorales, los dos grandes acudirán dándose grandes golpes en el pecho, y rogando a dios que les toque en suerte la pregunta que de refilón se miraron antes de entrar en el examen: cómo tener fe en una España desolada y no morir de pena en el intento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



